Isabel no quiere salir en revistas de temática Gay

Written by Isa on Enero 10, 2008

Choca, desconcierta y escama tal comportamiento; parecía más valiente y puede quitarle fans. Sorprendente actitud demostradora de inestabilidad emocional, miedo al qué dirán –¡y cuidado que de ella han dicho!– o absurdo reparo. Porque tras haber dicho que sí hasta con alborozo, dio marcha atrás, reculó mostrando una cierta cobardía inexistente en sus amistades con Encarna Sánchez, a la que no dejamos en paz, o María del Monte. Más firme, rotunda e inamovible se muestra la polémica folclórica en su relación con Julián Muñoz, al que no ve desde hace año y medio, aunque sí podría hacerlo gracias al vis a vis mensual con relación incluida. Ella se escuda en que “Julián no quiere que lo vea así”. Pero extraña, incluso respetando la supuesta voluntad del reo ex alcalde marbellero, que no vibre impulsiva con necesidad comprobadora de cómo está su presunto amado. Parece asentada en una cierta comodidad evitadora de compromisos, supuestos sufrimientos o nuevas vinculaciones con el pasteleo de la inacabable operación Malaya, donde aún tiene mucho que decir. Y mientras unos sostienen que no ha roto con Muñoz por miedo a lo que él pueda largar implicándola más, pasa el tiempo y no lo estimula con su visita, ánimo y presencia. Suerte tiene Julián de sus hijas y hermana, auténticos soportes con el decaimiento lógico que produce su frágil salud y verse encarcelado. Isabel no vive un romance de valentía y parece ahorrarse el agobio de las visitas, no está para deprimirse más. Le basta con los vaivenes e incertidumbres generados por Paquirrín y su novia Tamara en incesante ir y venir. Lo mismo aseguran que están la mar de realizados, felices y conviviendo en La Moraleja tutelados por madre Isabel, que anuncian ruptura, un “se acabó” sin remiendo posible, aunque la folclórica ve en la stripper un elemento salvador de su inconstante criaturita. Aunque para informalidad y cambios, la propia tonadillera; tras comprometerse con los de Zero, lo elegante en revistas de público homosexual, a ser la primera mujer en ocupar una portada completa con la consiguiente entrevista, lo repensó, considerando quizá que podría interpretarse como “salida del armario”. El suyo es de muchas lunas, un auténtico prisma en ocasiones deformador pero nunca afirmativo. Extraño temor y curioso recelo en una mujer que se puso España y la opinión por montera, más desde su amorío con Julián Muñoz, inacabable fuente de oprobio, cuestionamiento y disgustos. Al contrario de lo que en su día hicieron Zapatero y Gallardón, Bosé o Nacho Duato, Carmen Alborch y José María Mendiluce, Rafael Amargo o Llamazares e incluso Pasqual Maragall –contundentes, claros y directos en sus opiniones o razonamientos sobre la homosexualidad–, Isabel ideó que podía pillarse los dedos. Y a pesar del evidente privilegio que supondría una portada para ella sola, y encima marcando un hito, lo meditó creyendo que sería mejor no hacer lo prometido cuando Eduardo, el fotógrafo, tenía las cámaras a punto de caramelo. ¿Qué la obligó a retroceder, por qué ese arrepentimiento o temor a que diseccionaran unas opiniones menos apenadas que las confesadas en un reciente ¡Hola! a su íntima Chelo García Cortés, ya no sé si motivo desahogador, kleenex físico, paño de lágrimas o tampax embebedor de sus quejas, lamentos y gemidos? Y mientras Paquirrín y Tamara nos mantienen en expectativa permanente acerca de su futuro –el ya nada crío está más achulado cada día que pasa y ya se enfrenta con los medios–, otro en la cuerda floja es el pequeño de los hermanos Martínez- Bordiu.

Saga que también parece sentimentalmente maldita tras la descendencia de una Cayetana Alba a quienes sus íntimas aconsejan recurrir a una silla de ruedas para evitar la imagen penosa de verla renqueando inclinada de lado. Firme en su estética, rechaza la sugerencia que facilitaría sus desplazamientos, siempre de la ceca a la meca según le aconsejen el humor o los compromisos. No falta a ninguno aunque vaya tambaleándose enfundada, eso sí, en atuendos coloristas reflejadores de juventud inalterada con ochenta a cuestas. Es otro tipo de grandeza nada que ver con los linajes.

Es la tesitura de Jaime Martínez-Bordiu en su complicada, extraña y oscilante relación con la barcelonesa Ruth Martínez. Según me asegura su ex Patricia Olmedilla, con la que estuvo cinco años y fue la primera en aconsejarle una desintoxicación, “tiene adicción con alguna relación sentimental. Le pasó conmigo y la historia parece repetirse… Yo tuve que solicitar dos órdenes de alejamiento ante su acoso y persecución”, me descubre dejándome estupefacto. Nadie lo esperaría de ser con tan buenos modales sociales. Es el mejor considerado de los hermanos. El que prodiga mejores maneras con los medios donde abundan sus amigos; sonriente, afable, incluso confidente y cómplice, mantiene formas y estilo. Tutelado por esta barcelonesa niña de sus ojos, que también se relacionó con Pedro Ruiz y un Javier Sardá que la dejó plantada “porque mañana me caso” –la moza no tenía idea de que la compartían, aún le dura la sorpresa–, Jaime acabó el año con buenos propósitos. Intenta practicar el “año nuevo, vida nueva”, espoleado por el amor que siente, especialmente ahora que ella proyecta retirar las solicitudes de alejamiento que había puesto en marcha.

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